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Fue en al año 2008 cuando en Murcia emergió un singular y a la vez artístico edificio. Su principal virtud estriba en que los 483 cristales que circundan tres de sus fachadas sirven de soporte para una obra parida por el artista murciano, nacido en Valencia, Ángel Haro. El Edificio Entorno 97, nombre que recibe este singular lienzo, está enclavado en la avenida Mariano Rojas de la capital murciana, que desde entonces, permanece “eternamente” ilustrada. Los arquitectos de esta particular obra son Jesus Zafra y Javier Alarcón.

Hablar de Monteagudo es hacerlo sobre un pequeño cerro desde el que se puede divisar toda la huerta de Murcia. Quizá, esta posición estratégica ha hecho que este enclave sea el lugar más antiguo de la historia de nuestra ciudad. Tras las recientes excavaciones realizadas en la Ermita de San Cayetano (1999-2001) se descubrieron restos de la civilización argárica, es decir, de hace unos 3700 años, aunque en algunas crónicas del S. XIX sobre el histórico lugar, ya se describe que, con frecuencia, son encontradas monedas romanas, ánforas, lucernas, hebillas, calificando aquel sitio como “una fuente inagotable de antigüedades”. Destacable es el ajuar funerario y tres cabañas de dicha época, además de los restos descubiertos pertenecientes a la civilización Íbera, así como un templo romano, monedas del emperador Augusto y parte de una calzada romana fechada en el siglo I. 

Llamamos imafronte a la fachada principal de un templo, que generalmente se encuentra a los pies del mismo, en el lado opuesto a la cabecera. Suele ser la fachada y portada más importante, así como monumental y trabajada. En la Catedral de Murcia adquiere aún más relevancia ya que es también la imagen de la Ciudad y de la Diócesis.

En el mismo corazón de Murcia, en la plaza del Cardenal Belluga, nos encontramos ante un palacio del siglo XVIII. Este edificio se encuentra ubicado en el lugar que en otra época ocupara el Palacio-Alcázar, el cual fue derribado para dar una mayor vistosidad a la fachada de la Santa Iglesia Catedral.

La evolución urbanística de la ciudad de Murcia ha estado, desde su fundación, estrechamente condicionada por el río Segura. La ubicación del núcleo de la ciudad en un primitivo meandro del río y las constantes riadas que sufría la población, fueron marcando el desarrollo de la ciudad a través de los siglos.

El auge de las artes escénicas durante el siglo XIX y el ruinoso estado en que se encontraba en aquellos años el antiguo Teatro del Toro de esta ciudad, fueron los condicionantes que obligaron al Ayuntamiento a proyectar la construcción de un nuevo edificio para tal fin. Avocados a ello, en sesión celebrada el 17 de abril de 1857, determinaron la subasta del solar y los materiales del que fuera durante más de dos siglos el teatro principal de Murcia.

El origen de este conjunto monumental realizado en el siglo XVI, que a día de hoy es sede de la Presidencia de la Comunidad Autónoma de la Región Murcia, se debe al profundo empeño del obispo Esteban Fernández de Almeyda, que lo fue de la Diócesis de Cartagena entre 1546 y 1563, año en el que falleció. Este destacado miembro eclesiástico, vinculado a la Casa Real Portuguesa, trató de conseguir el establecimiento en Murcia de un colegio de la Compañía de Jesús para reforzar la evangelización de la sociedad murciana. El negociado del obispo Esteban con San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas, llegó a buen fin, y en 1555 dieron comienzo las obras, las cuales se extenderían hasta la finalización de la iglesia en el año 1570.

Se está llevando a cabo una importante excavación arqueológica en el lugar donde Ibn Mardanîsh, conocido como el Rey Lobo, construyera la finca palatina adjunta a su palacio fortificado del Castillejo, datado en e siglo XII. Los trabajos están siendo dirigidos por el Dr. Julio Navarro Palazón, miembro de la Escuela de Estudios Árabes, dependiente del CSIC, con la contribución y coordinación del arqueólogo Francisco J. Muñoz López. Para la ejecución de esta excavación, como en muchas otras, debido a la escasez de presupuesto, además del personal cualificado, es esencial la colaboración de voluntarios, estudiantes, futuros arqueólogos, o simplemente amantes de la Historia. 

Situada en la nave de la Epístola, la cuarta desde los pies, es una de las obras más importantes y llamativas de todo el conjunto catedralicio. Fue mandada construir en 1515 por Don Gil Rodríguez de Junterón, una de las personas más importantes que ha pasado por la Diócesis, tanto es así que ostentó el título de Arcediano de Lorca y el de Protonotario Apostólico del Papa Julio II, título que el propio Santo Padre le concedió.

Existe en la Catedral de Santa María la Mayor de Murcia una capilla dedicada a San Lucas, que fue declarada Monumento Nacional en 1928, y en la actualidad Bien de Interés Cultural. Su historia alimenta la leyenda, y su riqueza arquitectónica refulge de una manera sobresaliente. Fue a voluntad de Don Juan Chacón, Adelantado mayor de Murcia allá por 1491, el que. omitiendo el poder eclesiástico, obtuvo el permiso para su ejecución de los mismísimos Reyes Católicos. La idea era establecer en la Catedral un suntuoso enterramiento familiar, sirviendo al tiempo de un espacio donde perpetuar su linaje y sellar, a la vez, una impronta de autoridad y poder. Cuentan, que durante muchos años, en sus muros estuvieron colgando los pendones arrebatados a las tropas moriscas en la célebre Batalla de los Alporchones.

Este emblemático edifico se encuentra entre los más representativos de todos los que componen el elenco arquitectónico de Murcia, además, está catalogado como Bien de Interés Cultural.
La Casa Cerdá preside de manera hidalga la céntrica y popular plaza de Santo Domingo. El arquitecto de este popular edificio fue D. Jose Antonio Rodríguez Martínez, y llevó a cabo el encargo por orden de D. Joaquín Cerdá Vidal, el cual pertenecía a una importante y conocida familia de comerciantes murcianos.

Este singular edificación de estilo modernista está considerada como una de las joyas arquitectónicas de la ciudad de Murcia, la cual se encuentra situada junto al Hospicio de Santa Florentina, en la Calle de Santa Teresa.

Desde un principio, existió una manifiesta intención en los canónigos de la diócesis de construir una torre más que sobresaliente en la Catedral de Murcia, como así consta en los escritos dirigidos a Mateo Lang, obispo de Cartagena desde 1512 a 1540. La culminación de la obra a finales del siglo XVIII, se traduce en una imponente presencia de La Torre que desde entonces invade toda la ciudad y la huerta, y además, rubrica el hecho de que consiguieron aquel objetivo marcado.

La puerta norte de la Catedral de Murcia recibe tres nombres diferentes. De San Fulgencio por el busto del patrón de la Diócesis que hay en el cuerpo superior de la portada, de La Cruz por la que preside la plaza y de Las Cadenas por las que la bordean. Es curioso el caso de esta plaza y el origen de las cadenas. Para empezar, son realmente dos plazas distintas y ninguna se llama “de la Cruz” como popularmente la llamamos los murcianos. De un lado está la parte con la cruz y las cadenas, que es de propiedad municipal y que se llama Plaza Hernández Amores, y de otro el espacio alargado que va desde la Puerta de la Cruz a la entrada a Trapería, que se llama "Atrio de la Catedral" y cuya titularidad pertenece al Cabildo.

Para empezar deberíamos hacer un breve apunte y establecer las diferencias entre fachada y portada: llamamos fachada a toda la cara exterior de un edificio (por ejemplo el imafronte) y portada al conjunto de los elementos arquitectónicos y decorativos que conforman la puerta. 

El origen de esta popular calle se remonta a la reconquista de Jaime I de Aragón tras la rebelión de los mudéjares en la ciudad, hablamos del año 1266. Entre otras medidas tomadas para paliar aquellos enfrentamientos entre musulmanes y cristianos, una de ellas fue la de abrir una vía recta que uniera la primitiva Mezquita Aljama, y hoy Catedral de Santa María, con la que fue Puerta del Mercado (Bad Al-Yadid), situada en el extremo norte de la antigua muralla de la ciudad. Después de esto, los cristianos debieron quedar situados al oeste de esta calle y los musulmanes al este. Aunque al no tener esta medida el éxito deseado, Alfonso X decidió que los cristianos habitaran el interior de la muralla principal y los musulmanes los arrabales.

Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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