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Mucho se ha de escribir aún sobre este benemérito hijo de Murcia, sopesados que sean sus servicios sociales y filantrópicos a ella. Mucho más que una calle merece.

Su fin comenzó a gestarse durante la noche de aquel domingo día 25 y la madrugada del lunes 26 septiembre de 1701, cuando una terrible crecida del río segura alertó a toda la población de Murcia. Los más ancianos aseguraban no haber visto jamás llegar las aguas a un punto tan elevado, así figura reflejado en las Actas Capitulares de la reunión extraordinaria del Concejo en la mañana de aquella fatídica jornada.

A extramuros de la ciudad de aquellos tiempos convulsos de la Murcia musulmana, en una zona dependiente del Alcazar Nassir a la que se accedía a través del Portillo de la fortaleza o de la Puerta del Toro, se abrían a la huerta unas tahullas de tierras apenas habitadas entonces por algunos pobladores dedicados a la agricultura. Un pequeño caserío denominado Az-Zacata, encorsetado entre la muralla de la ciudad y el meandro del río Segura.

Al margen derecho del río Segura, en su paso por Murcia, se situa el barrio más extenso y poblado de cuantos forman actualmente la capital. En la actualidad, unos 23.000 habitantes, con más de 400 comercios, sus centros culturales, y los espacios de recreo y expansión, dan vida y encanto a este popular barrio murciano.

Don José Moñino y Redondo, primer Conde de Floridablanca, nació en Murcia el 21 de Octubre de 1728 y, a los tres días, fue bautizado en la Iglesia de San Bartolomé. Fueron sus padres D. José Moñino y Dª Francisca Redondo, de familias hidalgas, aunque de mediano pasar. Tuvo cuatro hermanos: dos varones (Francisco y Fulgencio) y dos hembras (Manuel y Florentina).

Hubo un día en Murcia un edificio relevante que, durante más de tres siglos, se convirtió en todo un símbolo para la ciudad: El Contraste de la Seda. Comenzó a construirse allá por el año 1601, bajo la dirección de Pedro Monte de Isla. Estuvo ubicado en la actual Plaza de Santa Catalina, lugar donde estuvieron establecidas varias instituciones de las que apenas quedan recuerdo, y que otrora llego a ser centro neurálgico de Murcia. Esta insigne edificación, tristemente desaparecida, tuvo la capacidad de albergar entre su muros a unos cuantos oficios y a diversas instituciones.

Nos encontramos ante otro de esos edificios que durante varios siglos existieron en la ciudad de Murcia. Situado sobre el mismo lugar que en la Murcia musulmana ocupó el Alcázar Nasir. Allí mismo, tras la conquista cristiana, Alfonso X el Sabio concedió a los Templarios una de sus moradas; aquel mismo enclave de la primera iglesia cristiana de la ciudad, nominada con la advocación de Nuestra Señora de Gracia.

Llamamos imafronte a la fachada principal de un templo, que generalmente se encuentra a los pies del mismo, en el lado opuesto a la cabecera. Suele ser la fachada y portada más importante, así como monumental y trabajada. En la Catedral de Murcia adquiere aún más relevancia ya que es también la imagen de la Ciudad y de la Diócesis.

El Mercado que semanalmente se celebra en Murcia se ha convertido en una tradición desde hace siglos. Fue una de las concesiones que tuvo el rey Alfonso X El Sabio con la ciudad. La disposición para que los vecinos y moradores tuvieran el privilegio de celebrar un mercado todos los jueves fue otorgada, estando el Rey Sabio en la ciudad de Sevilla, el 18 de mayo de 1266.

En el mismo corazón de Murcia, en la plaza del Cardenal Belluga, nos encontramos ante un palacio del siglo XVIII. Este edificio se encuentra ubicado en el lugar que en otra época ocupara el Palacio-Alcázar, el cual fue derribado para dar una mayor vistosidad a la fachada de la Santa Iglesia Catedral.

La ciudad de Murcia, a pesar de no ser costera, también posee un muro defensivo frente a las aguas, en este caso las del Segura. Este “rompeolas murciano” se sitúa al suroeste de la ciudad, junto al cauce del río, y desde su inicio, en el Plano de San Francisco, se adentra en la huerta más de un kilómetro y medio.

La evolución urbanística de la ciudad de Murcia ha estado, desde su fundación, estrechamente condicionada por el río Segura. La ubicación del núcleo de la ciudad en un primitivo meandro del río y las constantes riadas que sufría la población, fueron marcando el desarrollo de la ciudad a través de los siglos.

El auge de las artes escénicas durante el siglo XIX y el ruinoso estado en que se encontraba en aquellos años el antiguo Teatro del Toro de esta ciudad, fueron los condicionantes que obligaron al Ayuntamiento a proyectar la construcción de un nuevo edificio para tal fin. Avocados a ello, en sesión celebrada el 17 de abril de 1857, determinaron la subasta del solar y los materiales del que fuera durante más de dos siglos el teatro principal de Murcia.

El origen de este conjunto monumental realizado en el siglo XVI, que a día de hoy es sede de la Presidencia de la Comunidad Autónoma de la Región Murcia, se debe al profundo empeño del obispo Esteban Fernández de Almeyda, que lo fue de la Diócesis de Cartagena entre 1546 y 1563, año en el que falleció. Este destacado miembro eclesiástico, vinculado a la Casa Real Portuguesa, trató de conseguir el establecimiento en Murcia de un colegio de la Compañía de Jesús para reforzar la evangelización de la sociedad murciana. El negociado del obispo Esteban con San Ignacio de Loyola, fundador de los Jesuitas, llegó a buen fin, y en 1555 dieron comienzo las obras, las cuales se extenderían hasta la finalización de la iglesia en el año 1570.

Es nuestro deseo dedicar estos breves apuntes para honrar y refrescar la memoria, la nuestra y la de nuestros paisanos (y políticos), a un hombre que consagró su intensa vida entre la ciencia, el arte, la poesía, la religión, la historia, y en todos y cada uno estos ámbitos, no solo logró destacar, sino que además estampó su amor desmedido por la ciudad de Murcia, la árabe y la cristiana. Un ilustre y ejemplar murciano, de adopción, porque en su haber queda, que fue Madrid la ciudad que le vio nacer el 12 de marzo de 1830.

[…] es porque mi sangre es sangre
de humilde estirpe huertana,
es porque en mi ser palpita,
porque te llevo en el alma,
y porque contigo evoco
ecos de edades pasadas,
y se recrea mi espíritu
con esa música grata,
que nace de tus acentos
y brota de tus palabras…

En la Ermita de Patiño, en pleno corazón de la huerta, nació en septiembre de 1845 un hombre bondadoso, que destacó por su amor a Murcia y su entrega por los más desfavorecidos: el ilustre poeta, escritor y periodista D. José Martínez Tornel.

Situada en la nave de la Epístola, la cuarta desde los pies, es una de las obras más importantes y llamativas de todo el conjunto catedralicio. Fue mandada construir en 1515 por Don Gil Rodríguez de Junterón, una de las personas más importantes que ha pasado por la Diócesis, tanto es así que ostentó el título de Arcediano de Lorca y el de Protonotario Apostólico del Papa Julio II, título que el propio Santo Padre le concedió.

Existe en la Catedral de Santa María la Mayor de Murcia una capilla dedicada a San Lucas, que fue declarada Monumento Nacional en 1928, y en la actualidad Bien de Interés Cultural. Su historia alimenta la leyenda, y su riqueza arquitectónica refulge de una manera sobresaliente. Fue a voluntad de Don Juan Chacón, Adelantado mayor de Murcia allá por 1491, el que. omitiendo el poder eclesiástico, obtuvo el permiso para su ejecución de los mismísimos Reyes Católicos. La idea era establecer en la Catedral un suntuoso enterramiento familiar, sirviendo al tiempo de un espacio donde perpetuar su linaje y sellar, a la vez, una impronta de autoridad y poder. Cuentan, que durante muchos años, en sus muros estuvieron colgando los pendones arrebatados a las tropas moriscas en la célebre Batalla de los Alporchones.

Este singular edificación de estilo modernista está considerada como una de las joyas arquitectónicas de la ciudad de Murcia, la cual se encuentra situada junto al Hospicio de Santa Florentina, en la Calle de Santa Teresa.

Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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