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Existe en la Catedral de Santa María la Mayor de Murcia una capilla dedicada a San Lucas, que fue declarada Monumento Nacional en 1928, y en la actualidad Bien de Interés Cultural. Su historia alimenta la leyenda, y su riqueza arquitectónica refulge de una manera sobresaliente. Fue a voluntad de Don Juan Chacón, Adelantado mayor de Murcia allá por 1491, el que. omitiendo el poder eclesiástico, obtuvo el permiso para su ejecución de los mismísimos Reyes Católicos. La idea era establecer en la Catedral un suntuoso enterramiento familiar, sirviendo al tiempo de un espacio donde perpetuar su linaje y sellar, a la vez, una impronta de autoridad y poder. Cuentan, que durante muchos años, en sus muros estuvieron colgando los pendones arrebatados a las tropas moriscas en la célebre Batalla de los Alporchones.

Este singular edificación de estilo modernista está considerada como una de las joyas arquitectónicas de la ciudad de Murcia, la cual se encuentra situada junto al Hospicio de Santa Florentina, en la Calle de Santa Teresa.

En los albores del siglo XVII, en la ciudad de Murcia, y a petición de Fray Alonso de Salcedo, prior de la orden de San Agustín, transmite la inquietud de algunos fieles por fundar una cofradía de culto. Así, el segundo día del mes de agosto de 1600 tras un Decreto Fundacional del Obispo de la Diócesis, Don Juan de Zúñiga, quedaron redactadas y aprobadas las primeras constituciones de la Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno.

En una ermita llamada del Calvario que formaba parte de un Vía Crucis construido por la Orden Franciscana, en el lugar conocido como las Cuatro Piedras junto al paseo del Malecón, se encontraba un hermoso Cristo de dulce gesto. Y así fue hasta que llegado el año de 1896, unos intrépidos nazarenos, capitaneados por el párroco de San Antolín, D. Pedro González Adalid, soñaron con recuperar el hueco que aquella otra cofradía, la de la Hermandad del Prendimiento, había dejado en el castizo barrio de San Antolín tras la Constitución de 1812.

Esta monumental joya de orfebrería se conserva en el Museo de la Catedral de Murcia y cobra su principal protagonismo en la Solemne Procesión del Corpus Christi que cada año organiza el Cabildo catedralicio. El autor de tan magnífica pieza fue el toledano Antonio Pérez de Montalto, que entre otros muchos cargos fue miembro de la Cofradía de San Eloy, la cual congregaba a los orfebres de la ciudad imperial; Alcalde Ordinario de la ciudad de Toledo; y platero de la reina consorte doña Mariana de Austria, segunda esposa de Felipe IV y madre de Carlos II.

Que Murcia no es una ciudad cualquiera podría afirmarlo toda aquel que bien la conoce. Hablamos, sin duda, de una ciudad con vida propia. Esa vida que le trasmiten sus gentes, las mismas que desbordan sus murcianas calles como si de verdaderas arterias se tratara. Aunque no pretendemos hablar de anatomía, bien podríamos decir que hablamos de un corazón, o mejor dicho, de uno de los corazones de la ciudad de Murcia: la Plaza de las Flores.

Hace 300 años, el 10 de septiembre de 1718, aunque los trabajos ya habían comenzado con anterioridad, se colocó la primera piedra del Puente de los Peligros. En un altar provisional adornado con colgaduras de damasco carmesí y terciopelo, sobre las 4 de la tarde concurrieron, entre otros, don Luis Belluga Moncada, el Marqués de Miravel, el corregidor Andrés Carrasco Muñoz, el racionero Nicolás de Avellaneda, prebendados, fabriqueros, caballeros y gentes de otros estados.

Había sido un verano poco común en la huerta de Murcia, mucho más lluvioso de lo habitual, y los huertanos se mostraban esperanzados ante lo que el cielo les había regalado. Era el día 14 de octubre de 1879, cuando nadie podía ni siquiera sospecharlo. Se gestó la gran esquilma, lejos, en la Sierra de Vélez, cuando un cielo oscuro y traicionero quebró sin aviso, y una enorme cortina de agua se desprendió sobre la tierra.

En un pequeño rincón de la huerta de Murcia, aquél que un día fuera otorgado por el noble portugués y consejero real, Alonso Fernández de Cascales, y ratificado el 24 de diciembre de 1440 por el rey Juan II de Castilla, hoy conocido como Puebla de Soto, existe una imagen conocida como de las Mercedes, antigua patrona de este singular rincón murciano.

Una de las devociones con más arraigo entre los habitantes de la ciudad de Murcia y su Huerta es la venerada imagen de la Virgen de los Peligros. Esta sagrada talla se encuentra situada en el templete edificado sobre el estribo derecho del puente al que da nombre: “el Puente de los Peligros”.

En la ciudad de Murcia, sobre un lugar repleto de historia, aquel que un día ocupó el Convento de la Trinidad junto a la legendaria Puerta de Orihuela, se levanta este Templo del Arte. Fue el arquitecto Pedro Cerdán, en los albores del siglo XX, quien se encargó de estructurar el actual inmueble de carácter neoclásico, para el que decidió aprovechar algunos elementos del desaparecido convento del siglo XVII, recuperando así la columnata del claustro que desde entonces reluce en la fachada.

La Virgen de la Fuensanta es la Patrona de Murcia desde 1731, pero sus orígenes son tan antiguos como confusos. Su nombre proviene de la fuente santa que María habría hecho brotar en la Sierra del Hondoyuelo y que permanece hoy día en el mismo lugar. Varios siglos después, en el XV, se construiría una primitiva y modesta ermita que fue sustituida por el actual Santuario, que comenzó a construirse en 1694 en estilo barroco.

El origen de esta popular calle se remonta a la reconquista de Jaime I de Aragón tras la rebelión de los mudéjares en la ciudad, hablamos del año 1266. Entre otras medidas tomadas para paliar aquellos enfrentamientos entre musulmanes y cristianos, una de ellas fue la de abrir una vía recta que uniera la primitiva Mezquita Aljama, y hoy Catedral de Santa María, con la que fue Puerta del Mercado (Bad Al-Yadid), situada en el extremo norte de la antigua muralla de la ciudad. Después de esto, los cristianos debieron quedar situados al oeste de esta calle y los musulmanes al este. Aunque al no tener esta medida el éxito deseado, Alfonso X decidió que los cristianos habitaran el interior de la muralla principal y los musulmanes los arrabales.

Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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