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El Paseo del Malecón

La ciudad de Murcia, a pesar de no ser costera, también posee un muro defensivo frente a las aguas, en este caso las del Segura. Este “rompeolas murciano” se sitúa al suroeste de la ciudad, junto al cauce del río, y desde su inicio, en el Plano de San Francisco, se adentra en la huerta más de un kilómetro y medio.

El origen de este Malecón lo debemos situar en el siglo XV, cuando una riada producida en 1416 destruyó parte de la muralla del antiguo arrabal de la Arrixaca, arrasando más de 600 casas. Esto motivó al Concejo a construir un muro para contener las terribles crecidas del río a su paso por Murcia. Este originario Malecón tendría después varias reformas, siendo la primera de la que se tiene constancia documental en el año 1483, aunque la más importante tuvo lugar durante el siglo XVIII. Las constantes avenidas que se produjeron en el siglo XVII, entre ellas la trágica de San Calixto, y aquella otra que destruyó el primitivo puente de piedra en 1701, dejaron en evidencia la fortaleza de aquel muro, que fue perdiendo las batallas frente a la mayor fuerza del agua. Así, tras otra gran avenida en 1736, el Corregidor de Murcia D. Juan Francisco Luján y Arce, decidió de manera definitiva, reformar y fortificar aquel vetusto Malecón.

paseo del malecónFue a partir de entonces cuando este muro se ensanchó considerablemente, teniendo en cuenta de aumentar, igualar y compactar bien la tierra, y añadir cuestas empedradas a ambos lados de la huerta que divide. Además, se elevó la altura hasta tres o cuatro varas, según que parte, y se fortificaron los muros. Esta determinante reforma también precisó de unas normas que quedaron aprobadas por el Concejo el 28 de septiembre de 1737, y fueron tituladas como las Ordenanzas del Malecón. Entre estas normas se contemplaban: la prohibición de barrer el Malecón; la de no plantar moreras ni árboles ni en el paseo, ni a menos de 10 metros; la de no amontonar estiércol; la de no transitar con ganado por el paseo; entre otras. Precisamente, para evitar el paso de animales, decidieron construir al inicio una grada con seis escalones de piedra, dejando en el centro una amplia puerta, situando a ambos lados una estatua de San Patricio, patrón de Murcia, y otra de San Fulgencio, patrón de la Diócesis.

Desde entonces, esta fortificación posee una doble función, ya no solo la defensa sobre la aguas del Segura, sino también la de paseo y lugar de esparcimiento para la población. Para ello se le dotó de acogedores asientos de piedra que permiten el descanso físico, que para el descanso espiritual ya se encargaron los Padres Franciscanos, cuyo convento lindaba con el inicio del paseo. Fueron ellos los que establecieron, a lo largo del mismo, un Vía Crucis. Las estaciones se encontraban repartidas a lo largo del Malecón, de esta manera, en el lugar llamado de las Cuatro Piedras, se hallaba la ermita del Calvario, que estuvo presidida, hasta finales del siglo XIX, por una hermosa imagen de Cristo Crucificado: hoy bajo la advocación de Cristo del Perdón. Al margen de esta venerada imagen, de aquel Vía Crucis tan solo queda el recuerdo.

En el año 1912, el pleno del ayuntamiento creyó oportuno denominarlo como Paseo de Menéndez Pelayo, nombre que pasó desapercibido para la mayor parte de los ciudadanos. El Malecón ha resistido tanto los envites de la naturaleza y el paso del tiempo, con las constantes crecidas del Segura, como a la mano de los hombres, que a pesar de aquellas ordenanzas de 1737 que salvaguardaban su integridad, lamentablemente, han sido olvidadas, y gravemente mancilladas.

Aunque el 30 de abril de 1982, el Malecón fue declarado Bien de Interés Cultural, esta denominación llegó apenas una década después de haberse cometido sobre el mismo una gran atrocidad que desde entonces sesga transversalmente la belleza de este paraje. La construcción de la autovía que atraviesa tres metros por encima el lugar conocido como “la sartén”, es el mayor destrozo paisajístico que se ha cometido en la huerta de Murcia. Además de este salvaje atropello, quizá de imposible reparación, existen otros elementos que distorsionan esa estampa clásica de este paseo; el cableado (quizá una constante en toda la ciudad), algunas vallas publicitarias, edificaciones aledañas al paseo de muy poco gusto, por no decir ninguno, y las casetas de venta ubicadas en el inicio.

Aún así, miles de murcianos pueden seguir disfrutando, como lo hacían nuestros antepasados, de un paseo genuino y único. En la primera parte del mismo, en el margen derecho, aún se conservan varias portadas de acceso a los distintos huertos de antaño en los que se cultivaban productos genuinos de la rica huerta murciana. Algunos de estos huertos ya existían en el siglo XVIII, como el del Huerto de los Cipreses, cuya portada aún se conserva y ahora sirven de entrada al Jardín Botánico que linda con el Malecón.

En la segunda parte del paseo, al traspasar su parte más ancha llamada “la sartén”, la cual está rematada con una puerta de acceso, el Malecón se adentran en la huerta propiamente dicha, donde linda a derecha y a izquierda con el verde intenso de los frutales que todavía se conservan. Para rematar el murciano paseo, en el final del mismo, nos encontramos con el monumento al filántropo D. José María Muñoz, célebre y recordado por su bondad al donar, tras aquella fatídica riada de Santa Teresa, el 15 de octubre de 1879, la generosa cifra que lo fue para aquella época, de 861.192 reales destinada a los pobres damnificados.

Etiquetas: historia rincones de Murcia

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Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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