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  • Antonio Díaz Bautista
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El puñetero “jalogüin”

Aquellos tiempos de Difuntos no eran como los de ahora. La golosinería de los huesos de santo, los buñuelos de viento, y el arrope con gachas, endulzaba la dolorida remembranza de los que se habían marchado. Sobre el mármol de la cómoda, oscilaba inquieta la llamita de la “mariposa”. Los mayores se iban al cementerio con ramos de crisantemos, y los críos nos quedábamos con la abuela, comiendo pipas de una “corona” de girasol tierno, que exhalaba un aroma incomparable. Había entonces una aceptación, resignada y serena, de la muerte, que ya había visitado a la familia y que, inevitablemente, lo seguiría haciendo. Todo el mundo se ha preguntado, como Séneca, si la muerte es fin o tránsito.

Creen unos que la última puerta se abre a otra vida, donde hay premios y castigos, otros, en cambio, piensan que es un apagón definitivo, tras el que no se siente ni padece, y no faltan los que, como en las encuestas, ni saben, ni contestan. Pero la ineludible llegada del final de la vida, se asumía con dignidad estoica, sin alharacas ni terrores. Aunque no sepamos con certeza si puede haber “amor constante más allá de la muerte” deseamos que nuestras cenizas sean “polvo enamorado”, porque, mientras tuvieron el pálpito de la vida, amaron intensa y apasionadamente, que es sin duda lo único que, de verdad, merece la pena. Aspiramos a que, cuando llegue la partida, hayamos pasado “la vida en gozo, en paz, en luz no corrompida”, como quería Fray Luis, o, como Quevedo, “amando la vida con saber que es muerte”.

Pero, ahora, nos encontramos con que estos días, tan meditativos y entrañables, nos los han convertidos en una horrenda mascarada de brujas, vampiros, zombis, demonios, monstruos y esqueletos danzantes. Los jóvenes y los críos se divierten con un despliegue de terror barato, sanguinolento y provocador. La sociedad actual habla muy poco de la muerte, como si hubiese que ocultar púdicamente su cita inexorable, pero, cuando se refiere a ella, la trivializa recubriéndola con la ridícula vestidura de la peor literatura “gótica”.
Uno se pregunta si, cuando estas criaturas avancen en la andadura de la vida y tengan que pensar, cada vez más, en la muerte, afrontarán la espera con el noble sosiego de quien aguarda lo que es seguro, o bien sentirán el escalofrío del miedo, al avivarse el recuerdo de sus jugueteos infantiles.
Estoy muy contento de que, entre mis recuerdos de chiquillo, no esté el “jalogüín” ese, sino el resplandor tembloroso de la lamparilla, el perfume de las pipas tiernas de girasol, el dulzor de las gollerías, la evocación cariñosa que los adultos hacían de los familiares difuntos, y las oraciones que musitaban por su eterno descanso. Así me gustaría que me recordasen cuando cierre “mis ojos la postrera sombra, que me llevare el blanco día”.

Etiquetas: opinión fiestas

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Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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