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Miguel Hernández, Hijo Adoptivo de Murcia

El próximo 28 de marzo se cumplen 77 años de la muerte de Miguel Hernández. El poeta que dio nombre universal a Orihuela escribió los versos más hermosos y desgarradores a su amigo, José Ramón Marín Gutiérrez, alias Ramón Sitjé, fallecido de septicemia en la Nochebuena de 1935.

La enfermedad y muerte del íntimo amigo de Miguel se desarrolló tan rápido (en apenas 10 días) que el poeta no pudo llegar a tiempo para su entierro. Cuentan que ambos amigos se habían prometido enterrase con sus propias manos por lo que al dolor por la pérdida del amigo se unió la rabia por no haber podido cumplir su promesa. Esa impotencia y desolación inundan el texto elegiaco (y desamordazarte, y regresarte…).

Pero la muerte ya era un tema tópico en Miguel Hernández desde sus inicios. Una de sus primeras composiciones publicada en el Pueblo de Orihuela el 10 de febrero de 1930 se titula “Al verla muerta”, y continental tan bellos como:

Por la sendica se la llevaron esta mañana

Y al verla muerta, la palmerica mustió la palma

se quedó el cielo sin sus colores, sin luz la güerta

tristes los pájaros, rota mi alma…

Y sí, como habrá apreciado el atento lector, los versos están redactados en murciano, lengua dialectal que, con variaciones, también es propia de la Vega Baja. Y es que toda la zona de Orihuela ha estado siempre vinculada a Murcia, más incluso que a su capital administrativa, Alicante, por más que la Sentencia Arbitral de Torrellas la segregara del Reino de Murcia en 1304.

La Ciudad de Murcia, eligió como Hijo Adoptivo a Miguel Hernández el 1 de septiembre de 2011. Fue en Murcia donde publicó su primer libro “Perito en Lunas”, gracias al apoyo de Raimundo de los Reyes.

La muerte enamorada alcanzó a Miguel Hernández un 28 de marzo de 1942, en la cárcel de Alicante, víctima de la intolerancia fratricida. Un años después venía al mundo una de las personas más queridas de quien esto escribe. Cosas de la vida.

Etiquetas: literatura

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Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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