De aquí al cielo

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No tengo ni mas sueños, ni mas anhelo, 
que este valle y su hermoso sereno cielo, 
sus huertos, sus palmeras, sus morerales
y las rosas eternas de sus rosales.

Vivir no es ser el átomo de un torbellino, 
ni ir á donde lo lleven y sin camino;
es procurarse dulce, tranquila calma,
y dar creencias y amores y fe al alma. 

Quien ha tenido tanta, tan gran fortuna 
de que Dios le haya dado para su cuna, 
dulce nido formado entre azahares,
donde ni silvan vientos ni rugen mares; 
debe, no una, mil veces, si es bien nacido, 
adorar a los cielos reconocido.

Vale aquí el pan sabroso, de trigo de oro, 
más que en cualquiera parte todo un tesoro, 
más el sueño tranquilo dulce y profundo
que todos los honores que ofrece el mundo. 
¿Por qué dejar la dicha que ahora poseo 
para ir luego viviendo con su deseo?

No abriré yo en mi pecho tamaña herida; 
quiero ser siempre tuyo. Murcia querida. 
Lo que no sea tu cielo se me figura 
interminable calle de la amargura; 
fuera de ti, mi espíritu no se concibe, 
¡por ahí se sufre mucho, aquí se vive! 

Los rayos que aquí bajan del sol radiante 
no llevan solo lumbre vivificante
para cuajar el grano de las espigas
y resarcir la tierra de sus fatigas; 
llevan en el invierno terrible y crudo 
besos de fuego al pobre que está desnudo. 

Emporio de bellezas, las terrenales
pedían a un artista las celestiales;
y un hijo de esta tierra privilegiada 
vio los cielos abiertos con su mirada. 

De allí copió los ángeles y serafines; 
del fuego con que aman los querubines 
bebió el raudal divino, numen glorioso, 
y del hombre, del genio, brotó el coloso. 

Al calor de su mano, de las sencillas 
líneas de sus cinceles, las maravillas
brotaban como nacen nimbos de estrellas, 
cuanto el cielo es mas negro, más y más bellas. 

Prometeo, del cielo bajó aquel fuego 
que en ceniza y pavesa se acaba luego: 
pero Salzillo, en grato, dulce perfume, 
bajó el fuego sagrado que no consume. 

No hay lámpara bendita en los altares,
no hay fulgor en los cielos, no hay en los mares 
estrella más fulgente, no hay en la aurora 
rosicler más preciado, el sol no dora
ni astro, ni flor, ni cumbre, ni ola de espuma, 
ni rayo de diamante, ni blanca bruma,
nada que tenga tanta, tanta poesía,
como esa Dolorosa, la madre mía, 
que al verla por la calle, hombres, mujeres, 
niños, todos decimos: ¡bendita eres! 

Si yo no amara a Murcia, mi patria bella, 
si yo no desease morir en ella, 
y tener en su seno mi sepultura, 
siquiera, sea pobre, triste y oscura...
solo porque, apenado y dolorido,
cuanto he amado en la vida, cuanto he creído, 
un Dios-hombre, portento que sufre y gime 
con una cruz a cuestas que me redime; 
la Virgen mas hermosa, la luz del cielo 
que con sus muchas penas nos da consuelo; 
los ángeles divinos de etéreas galas
que siguen nuestros pasos con tenues alas… 
viendo todo ese mundo, yo me embeleso 
y le digo á mi alma: ¡la gloria es eso!

¿Dónde irás, alma mía, que halles mejores 
dogmas para tus penas y tus dolores?

¿A dónde arte divino mejor se encierra? 
¿Dónde la fe y las flores que da esta tierra? 

Amemos, alma mía, siempre creamos; 
seamos siempre dignos de lo que amamos; 
y Jesús y la Virgen, escudo fuerte
nos serán en la hora de nuestra muerte,
y por ellos al cielo nos subiremos
donde están tan hermosos como los vemos. 
 
[Escrito por José Martínez Tornel en el primer centenario de la muerte del escultor Francisco Salzillo]

Etiquetas: literatura

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Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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