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Una de las imágenes con más devoción de toda la Semana Santa de Murcia es, sin duda, la impresionante talla del Cristo de la Sangre. Realizada por el escultor de origen francés Nicolás de Bussy en el año 1693. Jesús crucificado, camina sobre el lagar para redimir con su "Sangre" todos nuestros pecados.

Francisco Salzillo Alcaraz nació en Murcia el 12 de mayo de 1707. Hijo de Isabel Alcaraz y Nicolás Salzillo, que fue un escultor italiano afincado en Murcia procedente de la ciudad italiana de Capua. Francisco Salziillo cursó sus estudios entre diversas órdenes religiosas establecidas en la ciudad. Además de aquella educación que recibió de Jesuitas y Dominicos, fue creciendo entre las herramientas del taller de su padre. Sus primeros conocimientos de pintura los recibió de parte del religioso Manuel Cuenca. Muy joven, tiene que hacerse cargo del taller escultórico de su padre a la muerte de éste en 1727, cuando Francisco contaba con tan sólo veinte años.

En 1891, víspera de la Nochebuena, en el seno de una familia humilde y huertana de la “Senda de Graná” junto a Espinardo, vino al mundo Pepe Planes Peñalver, nuestro gran escultor del siglo XX.Rodeado de enseres huertanos entre limoneros y naranjos, con sus pequeñas manos aprendió a modelar, de manera autodidacta, ese barro fértil regado por hijuelas, brazales y regaderas.

En el seno de una familia de hortelanos, en Aljucer, una pequeña localidad enclavada en el corazón de la Huerta de Murcia, nace el once de abril de 1908 un artista de sobresaliente talento, Juan González Moreno. Allí vivió una parte de su infancia, hasta que en 1915, su familia se traslada a Algezares.

Fue en 1756 cuando Francisco Salzillo Alcaraz, hombre de fe además de sublime escultor, volvió a realizar un "milagro". La Real y Muy Ilustre Cofradía de Nuestro Padre Jesús Nazareno, había decidido entonces reemplazar la imagen de La Soledad, que desde el año 1601, procesionaba en Murcia cada Viernes Santo.

El periodo de renovación emprendido por la Cofradía de Jesús a mediados del siglo XVIII, tuvo su reflejo una vez más en el encargo a Salzillo en el año 1753 del grupo o insignia de la Oración del Huerto.

En un pequeño rincón de la huerta de Murcia, aquél que un día fuera otorgado por el noble portugués y consejero real, Alonso Fernández de Cascales, y ratificado el 24 de diciembre de 1440 por el rey Juan II de Castilla, hoy conocido como Puebla de Soto, existe una imagen conocida como de las Mercedes, antigua patrona de este singular rincón murciano.

Una de las devociones con más arraigo entre los habitantes de la ciudad de Murcia y su Huerta es la venerada imagen de la Virgen de los Peligros. Esta sagrada talla se encuentra situada en el templete edificado sobre el estribo derecho del puente al que da nombre: “el Puente de los Peligros”.

En la ciudad de Murcia, sobre un lugar repleto de historia, aquel que un día ocupó el Convento de la Trinidad junto a la legendaria Puerta de Orihuela, se levanta este Templo del Arte. Fue el arquitecto Pedro Cerdán, en los albores del siglo XX, quien se encargó de estructurar el actual inmueble de carácter neoclásico, para el que decidió aprovechar algunos elementos del desaparecido convento del siglo XVII, recuperando así la columnata del claustro que desde entonces reluce en la fachada.

El próximo 30 de mayo, el Museo Salzillo cumple 76 años. Se constituyó así como el segundo museo más antiguo de la ciudad y la actual Región de Murcia y fue creado por el Estado tras diferentes intentos desde comienzos del siglo XX, aunque ya desde el siglo XIX la iglesia privativa de Jesús era visitada por los viajeros que venían a la ciudad y que pedían su constitución como museo.

Según figura en algunos documentos esta imagen, atribuida a Nicolás Salzillo, ya existía en el año 1725 recibiendo culto entonces en el Oratorio privado de la Sacristía de Iglesia de La Merced de Murcia. Debió de ejecutarse la talla, muy probablemente, entre los años de 1713 y 1720, fechas en que se llevó a cabo la restauración de esta iglesia, fachada principal, altares y retablos.

Murcia me gusta. Ciudad clara de colores calientes, de piedras tostadas, color de cacahuete tostado. Y notas deliciosas de luz, las calles estrechas y sin aceras, las “veredicas del cielo”, las tiendas de los artesanos, el esparto y la cuerda. Y ahora en el crepúsculo, una luz maravillosa.

Jorge Guillen

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